La parte maldita [fragmento] (Michael Taussig)
PDFDecember 17th, 2006 at 11:10 pm (>> TOTAL, Taussig, Michael, :: Antropología)
Fragmento correspondiente a: Michael Taussig, The Magic of the State.
New York & London: Routledge, 1997, 124-126.
Es como si Estado y pueblo estuviesen ligados a la inmanencia de un inmenso círculo de fuerza mágicamente reversible, de hecho un intercambio interminable de cierta antigua fuerza semejante al don que llamaremos la parte maldita —el mismo intercambio que dirige los ojos del ciudadano a los ojos abandonados del Libertador, esperando la seña del día después de que estemos muertos, el intercambio que ondula de ida y vuelta entre él y la reina espiritual en la puesta en escena de la oculta interioridad— el intercambio que no sólo permite la reversibilidad, sino que está construido sobre su doble cara tanto como sobre la muerte y su magia.
Que éste sea un cuento, el cuento de la presencia estatal, no debiera alarmar a nadie. Pues cómo podría ser de otro modo, siendo los poderes tan poderosos, las unidades tan vinculantes, la circularidad tan perfecta que al final no menos que al principio brilla el poder fantástico del espíritu envuelto en la condición de objeto del cuerpo y en la condición de objeto de la espada. Hobbes describió esta circulación de la parte maldita en términos de un pacto mítico que crea el Estado, un pacto hecho por cada quien con cada cual, para escapar a la violencia del estado de naturaleza. Puesto que los pactos sin espadas son sólo palabras, el pacto requería que la violencia del estado de naturaleza no sólo fuese abrogada, sino transferida y convertida en constitutiva de esta nueva fuerza emergente en la historia mundial, haciéndose así meritoria del título del gran Leviatán, ese monstruo bíblico que, aunque se rebeló contra Dios, fue visto por Hobbes, en su representación del Estado, como “aquel dios mortal que no es sino un hombre artificial; pero de mayor estatura y fuerza que el natural” —y aquí el punto es que, no importa cuán imprecisa en términos históricos obviamente sea esta fábula, es no obstante un relato elocuente de los principios mitológicos que inevitable y necesariamente están implicados en la formación del Estado moderno, que ninguna historia puede articular, pero que todas las historias requieren. En otras palabras, estos cuentos del advenimiento del Estado no sólo son historia fantástica, sino que —y aquí está el asunto— precisamente como fantasía son esenciales para lo que pretenden explicar, de suerte que cualquier compromiso con la cosa llamada Estado será forzosamente un compromiso con este corazón de ficción, el mismo guión de cuyo propósito real y grave presupone tanto el teatro como la posesión espiritual.
Tómese el caso de la realidad del acuerdo que hace al Estado. La concordancia entre los hombres que forman el Estado “es más que consentimiento o concordia”, dice Hobbes, “es una unidad real de todo ellos en una y la misma persona”. Pero ¿cómo podemos entender la teoría de la representación —política y epistemológica— en esta unidad real cuya realidad Hobbes se esfuerza tanto por enfatizar, esta unidad que “es más que consentimiento o concordia”? es más que simbolismo o metáfora, es una unidad tan real que los cuerpos mismos parecen fundidos e incorporados en el único que los representa. Esto es tan material que, como el fetiche, tiene que ser místico, y el lenguaje es aquí insuficiente, salvo el lenguaje del espíritu; un lenguaje formado para la articulación de la paradoja, para la suspensión de la incredulidad a lo largo del filo movedizo en que la necesidad de decir lo indecible reina en conjunto con la amenaza o la actualidad de la violencia socialmente validada. En breve, éste es el lenguaje de la encarnación del espíritu, y la unidad que Hobbes busca es a la vez la de la posesión espiritual y la del teatro, como cuando pone a sus hombres contratantes, en cuanto vinculados en el cuerpo del Leviatán, como actores —abriendo con ello el Estado a otros escenarios como el juego del disfraz, no menos de lo que la fuerza y el fraude emergen del interior mismo de la racionalidad del contrato.
De ahí el arte de performance del curandero aunándose al arte de performance constitutivo del ser estatal —el curandero con su “fotografía palpable” posesionándose del rostro del Libertador en su teatro de reversión ritual, absorbiendo los poderes míticos del contrato social, comprometiéndose con su violencia con confusión, su confusión con contra-confusión, extrayendo la magia del Estado moderno gracias a una teoría post-hobbesiana, se podría decir del Estado post-moderno, pero sin duda en gran deuda con Hobbes, con el espíritu mismo de Hobbes, podría decirse. No es el curandero el que es místico, es el Estado.
La circulación incrustada en el pacto que cada quien hace con cada cual es así una cosa curiosa y contradictoria, un Estado doble y desdoblado en retorno, habitado por fantasmas y abyecto —pero una cosa que trabaja y contiene un secreto por todos conocido, no tanto la concordancia como la concordancia de acordar, no tanto la creencia como la ilusión que, en retrospectiva, no es más que una fórmula de regreso infinito controlado por el poder mítico (del pacto), suministrando, en suma, un campo expansivo y ciertamente espectral para fetichismos del cuerpo y la espada alrededor del mundo.
Fundamental es aquí la espada que, en la figura de Leviatán, es a la vez interna y externa al elemento del intercambio de dones en el pacto, en el cual la violencia del estado de naturaleza se convierte en la naturaleza aurática del Estado. Pues aunque la espada esté aquí sólo como último recurso, como amenaza vive omnipresente como lo sublime, necesaria para el mantenimiento del contrato que, para ser efectivo, tiene que estar basado en la buena voluntad de las partes con respecto al contrato.
Y lo que es de primera importancia en esta coagulación de fuerza y buena voluntad es el don envuelto en la metamorfosis requerida para la formación del Estado, el auto-sacrificio de la capacidad de violencia de cada cual en pro de la del Estado. Tiene que ser el argumento de Hobbes que este don sea el epítome de la razón.
Hobbes pone estas palabras en boca de sus hombres contratantes: “Autorizo y trasnfiero mi derecho de gobernarme a mí mismo a este hombre o asamblea de hombres, sobre la condición de que tú [también] transfieras tu derecho a él y autorices todas sus acciones de modo semejante.” Rousseau es igualmente claro en algo que es más que una rendición, a saber, la cualidad similar al don, la cualidad de dar, cuando habla de que la persona tiene que entregarse a sí mismo a todos. “Cada uno de nosotros pone a esta persona y todo su poder en común bajo la dirección suprema de la voluntad general; y en calidad de uno recibimos a cada miembro como una parte indivisible del todo.”
Y al igual que Hobbes, ve el contrato como sagrado.
Si vamos a pensar la rendición de la capacidad de violencia como un don, y este don como un sacrificio, tengamos presente la noción de sacrificio como aquello que misteriosamente constituye la santidad y lo hace mediante destrucción, a menudo violenta. “El sacrificio destruye lo que consagra”, escribió Bataille, y éste es destino necesario de la parte maldita reservada para los dioses y para Leviatán por igual. En la versión de Hobbes, la parte maldita sería la violencia del estado de naturaleza transferida al Estado por medio del contrato inconcebiblemente racional. De hecho, la misma racionalidad del contrato que es convenio depende del sacrificio místico que contiene, y en el Otro Lado europeo la parte maldita es puesta de manifiesto por la montaña de la reina del espíritu como aquello que es a la vez santo e impuro, sagrado y prohibido, el peligroso “bajo fondo” de la pureza estatal sin el cual ni el Libertador ni Leviatán podrían representar la “unidad real”.
bietzska said,
May 25, 2008 at 5:45 pm
hasta Taussig tienen por estos lados, mis agradecimientos totales por este proyecto de difundir grandes textos, me han sido de gran utilidad y de alguna forma se ha convertido en mi rinconsito de la red preferido :)
caosmosis said,
May 29, 2008 at 10:07 pm
Muchas gracias, Bietzska. Lamentablemente los señores de Google no piensan lo mismo y han decidido censurar a Caosmosis. Nos han mandado una cartita, y nos han largado de su indexalización.
Aún así, seguiremos por aquí, recopilando, charlando, haciendo amigos. Por cierto, si tienes algo de Taussig en formato digital, no dudes en mandárnoslo. ¡¡¡Nos encantan sus locuras!!!
Un abrazo muy grande amiga,
Antón, Admin. 0.? de Caosmosis