Tendré que errar solo. (Jacques Derrida sobre Deleuze)
PDFSeptember 19th, 2006 at 4:53 am (>> TOTAL, Deleuze, Gilles, Derrida, Jacques)
Texto publicado en Libération, París, 7 de noviembre de 1995. Traducción de Manuel Arranz en «Cada vez única, el fin del mundo», Valencia, Pre-Textos, 2005.
Demasiado que decir, y hoy no tengo ánimo para ello. Demasiado que decir sobre lo que nos acaba de suceder, sobre lo que me acaba de suceder a mí también, con la muerte de Gilles Deleuze, con una muerte temida sin duda (sabíamos que estaba muy enfermo), con esta muerte concreta, esta imagen inimaginable cuyo acontecimiento seguirá ahondando, todavía más si es posible, el doloroso infinito de otro acontecimiento. Deleuze el pensador es ante todo el pensador del acontecimiento, y siempre de este acontecimiento. Lo fue del principio al fin. Releo lo que decía del acontecimiento, ya en 1969, en uno de sus mejores libros. Logique du sens. Primero cita a Bousquet («A mi gusto por la muerte, dice Bousquet, que era un fallo de la voluntad, sustituiré un deseo de morir que sea la apoteosis de la voluntad»), y luego continúa: «De ese gusto a ese deseo, nada cambia en cierto modo, salvo un cambio de la voluntad, una especie de salto de todo el cuerpo, sin moverse del sitio, que troca su voluntad orgánica por una voluntad espiritual, que desea ahora no exactamente lo que sucede, sino algo en lo que sucede, algo por venir que está de acuerdo con lo que sucede, de acuerdo con las leves de una oscura conformidad humorística: el Acontecimiento. En este sentido es en el que el amor fati se identifica con la lucha de los hombres libres». (Habría que citar interminablemente.)
Demasiado que decir, sí, sobre el tiempo que con tantos otros de mi «generación» tuve la suerte de compartir con Deleuze, sobre la suerte de pensar gracias a él, pensando en él. Desde el principio, todos sus libros (pero sobre todo Nietzsche, Difference et Répètition, Logique du sens) fueron para mí no sólo fuertes incitaciones a pensar, por supuesto, sino que en cada ocasión la experiencia turbadora, tan turbadora, de una proximidad o de una afinidad casi completa con las «tesis», si puede decirse así, a través de las diferencias demasiado evidentes en aquello que llamaré, a falta de palabra mejor, el «gesto», la «estrategia», la «manera”: de escribir, de hablar, de leer quizás. Por lo que respecta, aunque esta palabra no es apropiada, a las «tesis», y concretamente a aquella que concierne a una diferencia irreductible a la oposición dialéctica, una diferencia «más profunda» que una contradicción (Différence et Répètition), una diferencia en la afirmación felizmente repetida («sí, sí»), la asunción del simulacro, Deleuze sigue siendo sin duda, a pesar de tantas diferencias, aquel de quien me he considerado siempre más cerca de entre todos los de esta «generación», jamás he sentido la menor «objeción» insinuarse en mí, ya fuese virtualmente, contra ninguno de sus discursos, incluso si ha sucedido a veces que haya protestado contra tal o cual proposición de L’Anti-Œdipe (se lo dije un día mientras volvíamos juntos en coche de Nanterre, después de haber asistido a la lectura de una tesis sobre Spinoza) o tal vez contra la idea de que la filosofía consista en «crear» conceptos. Me gustaría tratar un día de explicarme a propósito de semejante acuerdo sobre el contenido filosófico cuando ese mismo acuerdo no excluye nunca todas esas distancias que no sabría, todavía hoy, nombrar o situar. (Deleuze había aceptado la idea de publicar un día una larga entrevista improvisada entre nosotros sobre este tema, pero tuvimos que esperar, que esperar demasiado.) Únicamente sé que esas diferencias jamás dieron lugar entre nosotros a otra cosa que amistad. Jamás una sombra, ningún gesto, que yo sepa, ha indicado lo contrario. Esto es algo tan raro en nuestro medio que por eso quiero hacerlo constar aquí en este momento. Esta amistad no tenía que ver solamente con el hecho, por lo demás significativo, de que tuviésemos los mismos enemigos. Nos veíamos poco, es cierto, sobre todo en los últimos años. Pero todavía puedo oír el sonido de su voz un poco cascada diciéndome tantas cosas que me gusta recordar literalmente («mi enhorabuena», me susurró con una amable ironía un verano de 1955 en el patio de la Sorbona cuando yo estaba a punto de conseguir una agregaduría: o bien, con la misma amabilidad del veterano: «Es una pena que dediquéis todo ese tiempo a esta institución [el Colegio Internacional de Filosofía], preferiría que os dedicaseis a escribir…». Recuerdo también la memorable década «Nietzsche» en Cerisy, en 1972, y tantos y tantos otros momentos que me hacen, sin duda como a Jean François Lyotard (que se encontraba también allí), sentirme hoy muy solo, como un melancólico superviviente de eso que llamamos, con esa terrible y un poco falsa palabra, una «generación». Cada muerte es única, sin duda, y por lo tanto insólita, pero ¿podemos llamarla insólita cuando, de Barthes a Althusser, de Foucault a Deleuze, se ceba de ese modo en la misma «generación», como en serie –y Deleuze fue también el filósofo de la singularidad serial–, podemos llamar insólitas todas esas muertes fuera de lo común?
Sí, todos amábamos la filosofía, ¿quién puede negarlo? Pero es verdad, lo dijo él mismo, que Deleuze era de todos, en esta «generación», el que practicaba la filosofía más alegremente más inocentemente. Me parece que no le habría gustado la palabra que he utilizado antes, «pensador». Habría preferido «filósofo». Se reconocía a este respecto «el más inocente (el más exento de culpabilidad por “hacer filosofía”» (Pourparlers 1972-1990). Ésta era sin duda la condición para dejar en la filosofía de este siglo la profunda, la incomparable huella que ha dejado. La huella de un gran filósofo y de un gran profesor. El historiador de la filosofía que procedió a una especie de selección para configurar su propia genealogía (los estoicos, Lucrecio, Spinoza. Hume, Kant, Nietzsche, Bergson, etcétera), fue también un inventor de filosofía que no se encerró jamás en ningún coto filosófico (escribió sobre la pintura, el cine y la literatura, Bacon, Lewis Carrol, Proust, Kafka, Melville, etcétera).
Y además quiero decir también aquí que me gustaba y admiraba su manera –siempre justa– de tratar con la imagen, los periódicos, la televisión, la escena pública y las transformaciones que ha experimentado en el curso de los últimos decenios. Economía y prudente retirada. Me sentía solidario con lo que él hacía y decía a este respecto, por ejemplo en una entrevista en Libération a raíz de la publicación de Mille Plateaux (en la línea de su panfleto de 1977). «Habría que saber», decía, «lo que está pasando actualmente en el terreno de los libros. Vivimos desde hace algunos años un periodo de reacción en todos los dominios. No hay ninguna razón para que no afecte también a los libros. Estamos a punto de fabricarnos un espacio literario, lo mismo que un espacio jurídico, un espacio económico, político, completamente reaccionarios, prefabricados y agobiantes. Yo creo que hay ahí una empresa sistemática que Libération tendría que haber analizado». Esto es «mucho peor que una censura», añadía, pero «este periodo de esterilidad no durará eternamente». Tal vez, tal vez. Como Nietzsche y como Artaud, como Blanchot, otras admiraciones compartidas, Deleuze no perdió nunca de vista esa alianza de la necesidad con lo aleatorio, con el caos y lo intempestivo. Cuando escribí sobre Marx hace tres años, en el peor momento, me tranquilicé un poco al saber que él pensaba hacerlo también. Y voy a releer esta tarde lo que él decía en 1990 a este respecto:
Felix Guattari y yo hemos seguido siendo marxistas, de dos maneras diferentes, tal vez, pero los dos. Porque no creemos en una filosofía política que no esté centrada en el análisis del capitalismo y de su evolución. Lo que más nos interesa de Marx es el análisis del capitalismo como sistema inmanente que no cesa de rechazar sus propios límites, y que se los vuelve a encontrar siempre a una escala más grande, porque el límite es el Capital mismo.
Continuaré o recomenzaré a leer a Gilles Deleuze para aprender, y tendré que errar solo en esa larga entrevista que debíamos haber hecho juntos. Mi primera pregunta, creo, habría tratado de Artaud, de su interpretación del «cuerpo sin órganos», y de esa palabra, «inmanencia», a la que siempre recurrió, para hacerle decir o para dejarle decir algo que todavía sigue secreto para nosotros. Y habría intentado decirle por qué su pensamiento no me ha abandonado nunca desde hace casi cuarenta años. ¿Cómo podré hacerlo ahora?
Naxos said,
October 20, 2006 at 3:40 am
Pues me parece que este texto es muy desafortunado, no sólo porque se nota que está hecho con mucho desparjado, hecho a la carrera y como al vapor, sino también porque en el fondo sólo refleja el gris sentimiento que Derrida tenía por Deleuze, por más calor que quiere imprimirle, sus palabras no quedan más que en una seca frialdad. En fin, para quienes sabemos de la generosidad filosófica de Deleuze, no podemos consentir esta farsa derridiana. Aquí hay un poco más de este asunto, donde se explica porqué el remate de este texto de Derrida es una puesta en escena que aprovecha la muerte de Deleuze para hacer acto de presencia y lucir su impotencia. Derridianos abstenerse.
Conversación en Caosmosis « Naxos said,
October 20, 2006 at 3:46 am
[…] Jueves 19 Octubre 20:40 […]
Phiblógsopho said,
December 12, 2006 at 9:16 am
¿En serio? Este texto de Derrida, como tantos otros que suelen tenidos por farsas, me parece, sin más, sincero.
Yo mismo, que trabajo en Heidegger, principié teniendo múltiples dudas sobre las interpretaciones de Derrida. Sobre todo si uno conoce los cursos anteriores a Ser y Tiempo (1927), puede uno hacerse una idea de lo objetables que son muchas invectivas derrideanas contra el “romanticismo” y el “misticismo” heideggeriano, etc.
Pero a partir de la lectura, me he convencido de que Derrida puede ser cualquier cosa - puede incluso estar equivocado en muchos respectos (aunque, sin duda alguna, ha acertado en muchísimas de sus lecturas de los textos filosóficos) - menos un insincero.
enrri said,
December 31, 2006 at 7:27 pm
Creo que más que frialdad, hay diferencia. Diferencia entre el lenguaje y el acontecimiento. Derrida no entró nunca, a jugar dentro del acontecimiento. Deleuze, en cambio, se adentró en el acontecimiento como fuga del lenguaje. Entre el lenguaje y el acontecimiento puede haber un abismo, que explique ese sentimiento de frialdad, que dice Naxos.
Pero a la vez, esa diferencia entre acontecimiento y lenguaje, une a los dos. Los une en cuanto al punto de comienzo a la hora de plantear qué es la Filosofía.
La huella, concepto de Derrida expresa esa salida común en la carrera del pensamiento.
Son dos viejos amigos, que parten de la misma pregunta, y en el transcurrir de la respuesta, se van alejando cada vez más: uno la responde con la inmanencia y el otro deja entrever la inminencia.
Por eso Derrida, pierde a Deleuze como el que pierde la otra posible alternativa, a lo planteado en un mismo comienzo.
Hay sinceridad y frialdad.
enrri said,
January 1, 2007 at 4:06 am
-Se me ha olvidado decir: que los dos, aunque no lo sepan,
acaban encontándose en el viejo Heidegger.
Derrida, 1996, acaba reurriendo a Heidegger: en su libro “Aporías”.
Deleuze,1985, acaba diciendo que el hombre moderno (posmoderno) está-en-el-mundo como una situación óptico/sonora. (”La imagen-tiempo”).
“Aporias” y “La Imagen-Tiempo” coinciden en el Heidegger de “El Ser y el tiempo”.
!Que profanación: Deleuze y Derrida acaban siendo Heideggerianos¡
Luis said,
January 1, 2007 at 1:51 pm
No he lido a Derrida, y lo he intentado, pero me parece que Naxos tiene mucha razon.
alberto said,
May 20, 2007 at 9:58 pm
naxos, no seas tan guevón.
aqualung said,
June 5, 2007 at 1:46 am
Todo lo que dice Naxos es extremadamente subjetivo, incluso él mismo lo reconoce al comenzar su texto con un “Pues me parece…” ¿cómo puedes determinar si algo está escrito de modo “desparpajado”, o que es una “farsa”, o que es “cálido”? ¿Por las “sensaciones” que te deja? Entonces es subjetivo. Un poco de información biográfica dirían lo contrario. Deleuze era considerado por Derrida como parte de su generación, al igual que Blanchot, Klossowsky, Adorno. Levinas, y estas amistades fueron falleciendo poco a poco, dejándolo solo ¿después de saber esto, puede ser condierado insincero el texto?
Fran said,
June 5, 2007 at 10:05 pm
Manga de tarados
toolero said,
November 5, 2007 at 9:39 am
creo que sus diferencias discursivas aparecen enlazadas en una continuidad dialectica donde la amistad prima……
Adolfo Segundo Bonilla Neira said,
December 20, 2007 at 1:05 am
Excelente la despedida funeral de Deleuze por parte de Derrida. Me parecen muy subjetivas algunas apreciaciones de algunos comentaristas que dicen que Derida es insincero. Lo que mas me gusto del texto fue que Derrida plantea que tanto Deleuze como el mismo Derrida eran marxistas.
Karl Marx said,
September 19, 2008 at 3:59 pm
Creo que se equivocan. No eran marxistas. Suic{idense.
Karl Marx said,
September 19, 2008 at 4:00 pm
Proletarios de todos los pa{ises, un{ios!
Carlos Serna II said,
September 19, 2008 at 5:23 pm
Excelente y sincero se lee a Jacques Derrida, magistral………. se habia quedado practicamente solo, de esa generacion es muy probable que haya escritos del cierre de esta puerta filosofica con excelentes concluciones generacionales, que oportunidad!,……. Es muy probable que antes de la muerte de el, en el 2004, haya escrito algo semejante,.. alguien tiene algo al respecto?
marinagp said,
September 22, 2008 at 6:20 pm
Hay que tener en cuenta que este ‘texto’ es una despedida funeral. no estoy de acuerdo con los comentaristas que dicen que es insincero. fui su alumna durante diez años. llegue a conocerlo bien.
Juan said,
November 12, 2008 at 2:29 pm
Las plabras de Derrida son las de un filósofo que despide públicamente a otro gran filósofo. A título de qué y quién puede pedir sino simplemente que exprese lo que cree oportuno. No es necesario que nos deje conformes. Por lo demás qué es eso de la sinceridad, ¿puede llegar alguien a la raíz de eso que habría en la sinceridad?. Me parece una demanda excesiva.
Prefiero destacar que Derrida vuelve a reiterar uno de sus temas, y probablemente uno de los problemas que lo seducen, como lo es el de la imposibilidad, el límite y en este caso un diálogo que no tendrá lugar, salvo bajo la forma de una lectura de los textos de Deleuze: lo cual es una forma de sugerir que si algo resiste a su desaparición, a la muerte, es su escritura. Se le puede reprochar que plantee las cosas desde su perspectiva, pero cuál es la alternativa: ¿mandarle a callar?.
Sergiusss said,
July 6, 2009 at 7:51 pm
A mí me pareció muy sincero, y, sobre todo, muy triste. Como dijeron por ahí, un grande despidiendo a otro grande con el que ya nunca podrá entrevistarse, y con quien ya no podrá dialogar de palabra.
El comentario de Juan me pareció apropiado.
Gil said,
September 11, 2009 at 5:36 pm
Lo interesante aquí sería recurrir a las biografías de ambos y ver el modo en que en realidad se relacionaron. Por ejemplo, el caso de los encuentros y desencuentros entre Badiou y Deleuze está más claro. Independientemente de querer estar en lo cierto a través de un criterio más o menos viable de “veracidad histórico-biográfica”, lo que me temo es que nuestros dos personajes vivían afectados por las dinámicas de la institución universitaria y del mundo de la cultura europeos del último siglo (y lo que queda para el nuestro). Y esto entraña demasiadas cosas para su supesta amistad. Promoción, éxito, fama,… Habría que leer a Bourdieu para este punto.